Una abuela alcahueta malcría a sus dos nietos, siempre excusando sus maldades y encubriendo sus crímenes. Al morir, no es aceptada en el cielo por haber sido cómplice de la maldad de sus nietos, ni tampoco en el infierno por su gran religiosidad. Es condenada a vagar por las noches convertida en una bola de fuego que persigue a los viajeros.
Candileja: Leyenda de la Candileja – Mitos y leyendas colombianas
Nadie es responsable por la maldad de otro. Pero todos somos responsables por cómo respondemos ante ese mal. ¿Lo resistimos? ¿No hacemos nada? ¿Lo facilitamos?
Si decidimos intervenir, es muy posible que al principio no lo sepamos hacer con diplomacia y tacto, pero eso se aprende por el camino, y es sumamente importante hacer algo, porque no hacer nada ya es hacerse cómplice.
Hay tres tipos de intervenciones:
Simple, cuando no hay mala intención
El primer nivel de intervención consiste simplemente en hacer observaciones respetuosas a alguien que probablemente no tiene mala intención, pero que se está comportando de forma inapropiada. Por ejemplo, indicándole a un guía de turismo que su chiste sexista puede que sea aceptado en su cultura, pero que realmente es denigrante y ofensivo. Es muy importante tomar acción en estos casos porque muchas veces la persona ni siquiera se da cuenta que su comportamiento es inadecuado, y aunque al principio quizá no le dé importancia, si más personas le llaman la atención, probablemente cambiará sus hábitos o incluso su forma de pensar.
Incómodo, con posibles consecuencias sociales
Aquí es cuando los comportamientos están más normalizados y aceptados por el grupo, e ir en contra te podría acarrear consecuencias sociales, como rechazo por parte de familiares, pérdida de amistades o complicaciones en el ambiente laboral. En estos casos, hay que medir las consecuencias para saber tomar la mejor decisión, y preguntarse también, ¿qué pasa si nadie hace nada? ¿Quién sería yo si no hago nada?
Peligroso, con grandes riesgos
Como en casos de violencia. No hay obligación de arriesgar la vida por otro, especialmente si uno no tiene grandes capacidades para derrocar la amenaza. Sin embargo, no intervenir físicamente no significa no hacer nada: se puede intervenir de diversas formas, como llamando a la policía u ofreciendo ayuda a la víctima después del ataque.
Martin Niemöller: “Primero vinieron por...” | Enciclopedia del Holocausto
Cada persona es responsable de sus propios actos y sus propias decisiones. Sin embargo, las personas que directamente causan el mal no son las únicas culpables.
En Colombia hay una vieja leyenda que cuenta la historia de un temible espanto. Una persona condenada a vagar por los llanos en las noches, convertida en una bola de fuego, espantando a las personas, a los viajeros, a quienes los tomó de sorpresa la noche y no alcanzaron a llegar a salvos a casa. Una persona que a pesar de su profunda religiosidad y devoción, fue negada la entrada al cielo, porque la religión y la fe no bastan, y los villanos más peligrosos son los que se creen buenos.
Esta es la historia de la Candileja.
Hace mucho tiempo había una mujer viuda rica quien adoraba a sus dos nietos a morir. Los niños habían perdido a sus padres y habían quedado a cargo de ella, y ella hacía todo lo posible para darles todo, todo, todo lo que los niños quisieran. Y claro, es entendible, todos queremos que nuestros hijos, nuestros nietos estén felices, pero esta mujer lo llevó demasiado lejos, porque en serio les daba todo, todo, nunca les negaba absolutamente nada, nunca les decía no, nunca les decía que algo no se debía hacer, y por lo tanto los niños se volvieron unas bestias.
Ustedes han visto a esos niños malcriados que todo lo rompen, todo lo tiran, le pegan a la mamá, gritan groserías, se pelean entre ellos, pues estos dos hacían eso y más. Maltrataban a su propia abuela, y ella los dejaba, diciendo, son solo niños, solo quieren jugar, no importara lo que hicieran, siempre tenía una excusa.
Las amigas de la mujer dejaron de venir a hacerle la visita, porque cada que venían los dos niños se les montaban encima, les jalaban el pelo, les tiraban cosas, les dañaban los bolsos, eran crueles, se burlaban de ellas, las insultaban, y cuando las amigas, las mujeres, se quejaban o los regañaban, o le decían algo a la abuela, pues la abuela se enfurecía con ellas, y decía, es que son niños, déjelos, son niños apenas, están jugando.
Y claro, cuando los niños empezaron a crecer, cada vez hacían más y más daños, empezaron a hacer daños en el pueblo, a cometer algunos robos, a lastimar a los animales.
Los vecinos venían a poner la queja, y cuando ya no valían las excusas, cuando ya no había forma de justificar lo que los chicos estaban haciendo, pues entonces la mujer empezó simplemente a acusar a los que le traían la queja de mentirosos. Que no, que ni modo, que ella siempre estaba pendiente, y que nunca los había visto hacer algo así, así que imposible que lo hubieran hecho. No, no, no, mentira, mentira, ellos no eran así, ellos no eran malos, ellos no habían hecho esas cosas tan terribles. Sus nietos eran unas santas palomas, eran unas bellezas, eran unos amores. Jamás harían esas cosas de las que los acusaban.
Claro, como la mujer era la más rica del pueblo, ¿qué se podía hacer? Y las cosas siguieron empeorando cuando los chicos se hicieron más grandes, más fuertes, más crueles, y las jóvenes y las niñas del pueblo temían andar solas por si de pronto se los encontraban. Empezaron a llegar rumores, empezaron a llegar quejas de niñas que habían aparecido ensangrentadas y llorando, sin querer decir quién les había hecho eso, pero todos sabían, todos sabían. Y la mujer, la anciana, enfurecida, cuando le traían a las niñas a reclamar, decía que esas muchachas eran unas sinvergüenzas, que estaban inventando cuentos para tratar de sacarle dinero a sus nietos, que nunca lastimarían a nadie, que cómo se les ocurría. Y claro, como ella era rica, pues la policía y las autoridades del pueblo hacían lo que ella les dijera, y los crímenes no se investigaban, y las chicas guardaban silencio.
Y cuando finalmente la anciana murió, los dos muchachos heredaron toda su fortuna, y ahora sí que podían cometer los crímenes más atroces, sin pagar ninguna consecuencia.
Pues toda la vida, la mujer había sido católica, apostólica y romana. Había rezado el rosario todos los días, había asistido fielmente a misa, no había faltado ni siquiera cuando estaba enferma. Así que cuando murió, se fue derechito para el cielo. Pero para su enorme sorpresa, San Pedro no la dejó entrar. —Pero mire todo lo que he rezado, todo lo que he hecho, dijo ella, todo lo que le he donado a la iglesia, ¿cómo es que no me vas a dejar entrar? Yo nunca le he hecho daño a nadie.
—Hm, dijo San Pedro, pero tenías toda la capacidad de impedir que esos nietos tuyos hicieran daño, y no lo impediste. Al contrario, lo animaste, hacías excusas por ellos, sobornabas a los policías para que no los investigaran, sobornabas a las víctimas para que se quedaran calladas. Directamente, tú no le hiciste daño a nadie. Pero tú sabías que el mal se estaba cometiendo. Y no solamente no hiciste absolutamente nada para impedirlo, sino que lo facilitaste. Y por eso no puedes entrar al cielo. Porque una persona que se quede ahí parada frente a la sangre de su hermano, no es una buena persona.
Así que, sin tener más a dónde ir, la mujer bajó a los infiernos, donde la recibió el mismísimo diablo.
—¡No, no, no, no, no, no! ¡Usted aquí no va a entrar! ¡Usted que ha sido rezandera toda la vida, que va a misa! ¡No, no, no, no, no! ¡Va a meterse aquí a rezar el rosario! ¡Va a ser una mala influencia para todos los demás condenados! ¡Ah, ah! ¡Aquí una mujer tan religiosa y tan devota como usted, ni riesgos!
—Así que no le permitieron la entrada ni al cielo ni al infierno.
Así que quedó condenada a vagar por la tierra de noche, envuelta en una bola de fuego. Algunos dicen, cambia de colores. Que persiga a los viajeros.
Si alguna vez te la encuentras, no te pongas a rezar, porque se acercará más a ti para seguir rezando, jurando que la han tratado injustamente y que merece ir al cielo y todavía hasta el día de hoy ella niega cualquier responsabilidad, insiste que no hizo nada malo y que sus nietos eran unos santos. Así que si vas caminando de noche por Colombia y ves una bola de fuego que gira y se acerca a ti, no te pongas a rezar, porque ella que es bien religiosa y bien rezandera se acercará más a ti para acompañarte en el rezo. No, lo que tienes que hacer es gritarle groserías, insultarla, decirle que sus nietos eran unas porquerías y ella se ofenderá y se irá.
Pero ten cuidado, porque aunque la candileja no te haga nada, por ahí en la oscuridad de la noche quizá estén sus nietos, o los hijos de sus nietos. Si caes en las manos de ellos, puedes tener la absoluta certeza, ella no hará absolutamente nada para ayudarte.
Ningún padre o madre o abuela o lo que sea es responsable por los actos y las decisiones que tomen sus hijos. Sin embargo, todas las personas sí somos responsables de permitir que el mal suceda en frente nuestro y quedarnos callados. Todos, absolutamente todos, somos responsables, quizá no en la misma medida, pero responsables igual, cuando facilitamos ese mal, cuando hacemos excusas por el otro, cuando pudiendo hacer algo, no hacemos nada.
La maldad no sale de la nada, crece, crece como un cáncer, se va expandiendo y para que llegue al poder, tienen que haber ocurrido muchas cosas, se le tiene que haber abierto el camino.
Para que el régimen nazi se apoderara de medio mundo, muchas personas que estaban en contra de él tuvieron que quedarse calladas. Un pastor luterano de Alemania, Martin Niemöller, al principio apoyaba a Hitler, simpatizaba con sus ideas, pero luego se dio cuenta y él tuvo el pensamiento crítico de decir, ah no, estuve errado, esto no está bien y esto no lo puedo permitir. Él fue el que compuso ese poema famoso de Primero vinieron por:
Primero vinieron por los socialistas y no dije nada porque no era socialista,
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque no era sindicalista,
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque no era judío,
Y cuando vinieron por mí, para entonces ya no quedaba nadie que dijera nada.
Y claro, es muy difícil alzar la voz cuando uno de pronto no tiene una posición de poder, cuando uno no es directamente responsable por el otro, es fácil mirar hacia el otro lado y hacerse la vista gorda, decir eso no es conmigo, pero es que todo está conectado, todo es con uno.
¿Qué cosas has visto o estás viendo de pronto que sabes que están mal? De pronto un colega que no asesinó contar chistes racistas, ofensivos, ¿no? Y bueno, tú no te ríes porque no te dan gracia, pero tú no quieres dañar el ambiente, así que mejor guardas silencio. Sabes que va a empeorar, ¿no? Sabes que al guardar silencio lo estás permitiendo, estás diciendo a él que está bien, que no hay consecuencias.
O por ejemplo un amigo que trata bastante mal a la novia y a ti te molesta porque ves que es feo, pero es tu amigo y bueno, ella ya está grande, ella puede decir que no, ella lo puede dejar, eso no te incumbe y no quieres ser un metido, pero ¿hasta dónde va a llegar?
Hay un proverbio del Medio Oriente que dice no permanecerás de pie frente a la sangre de tu hermano, que significa no tienes el derecho a quedarte quieto si ves que alguien está sufriendo frente a ti, que alguien está siendo maltratado. Si puedes hacer algo, tienes que hacer algo.
Hay básicamente tres tipos de intervenciones, unas más fáciles que otras.
La intervención más fácil y más segura es cuando una persona ni siquiera se da cuenta que lo que está haciendo está mal y lo único que tienes que hacer es llamar a la atención, decirle, mira, eso no me parece que está bien y estás en un ambiente seguro, la persona no se va a enojar, no estás corriendo ningún peligro. Al contrario, puede que te lo agradezcan, puede que digan, ve, nunca lo había pensado así, no me había dado cuenta, gracias. Esto yo lo he visto y me ha pasado a mí también.
Muchas veces uno tiene cosas culturales que nunca se ha puesto a cuestionar y hace falta que otra persona con otra perspectiva, con otra mentalidad, venga desde afuera y diga, es que eso no está bien. Me pasó de hecho. Haciendo guianza turística con extranjeros por mi ciudad de origen, a veces hacía chistes o comentarios que en mi cultura y en mi círculo de amigos eran muy graciosos, pero personas de afuera que tenían otra perspectiva me empezaron a decir, eso no es apropiado.
Y cuando me lo dijeron, yo me paré a pensar y me di cuenta, tienen razón, tienen razón, no es apropiado. ¿Cómo es que nunca me había dado cuenta? Este chiste, este comentario, si te pones a pensarlo realmente es muy ofensivo, es denigrante y no tengo por qué decirlo. ¿Cómo es que en mi cultura esto es tan aceptado que nunca lo hemos cuestionado? Y agradecí mucho, muchísimo que me hicieran esos comentarios porque me abrió un poco la mente a darme cuenta que muchas veces uno mismo puede tener sesgos y prejuicios que no quiere tener, pero que ni siquiera sabe que tiene porque nunca las ha cuestionado.
Agradezco mucho que las personas hayan alzado la voz, que hayan dicho algo. Seguramente muchas pensaron lo mismo, pero como no dijeron nada, entonces no lo cuestioné. Cuando la primera persona dijo algo, dije interesante. Cuando la segunda persona dijo lo mismo, dije, ah. Y cuando la tercera persona dijo lo mismo, ahí sí fue cuando me di cuenta, tienen toda la razón. En estos casos hay que hacer algo, hay que alzar la voz, no te cuesta absolutamente nada y puede que logres una grandísima transformación.
Hay otros casos donde intervenir es mucho más difícil, más incómodo. Por ejemplo, cuando es un amigo, un familiar, que uno sabe que no va a cambiar de parecer tan fácil, que no está tan abierto a críticas, por así decirlo. Alzar la voz en una reunión familiar, por ejemplo, cuando uno sabe que todos los demás se van a enojar con uno, eso es difícil.
Especialmente porque casi todos tenemos una especie de candileja en la familia, ¿no? La tía que protege al marido borracho, los papás que siempre defienden a la hermana problemática porque es la menor. Ese tipo de dinámicas familiares son muy complejas, pero si nadie hace nada, se van a quedar así el resto de la vida. Y puede que uno quede como el malo de la familia, y por eso uno tiene que tomar una decisión. O sea, ¿qué es peor? ¿Quedar como el malo de la familia o quedar en la familia así, sin que nunca nadie diga nada, sin que nunca se altera el orden familiar, sin que nunca se cuestione, sin que nunca nadie muestre que está en desacuerdo? ¿Qué es peor?
Eso solo lo sabes tú. Y solo tú podrás tomar la decisión correcta, y solo tú sabrás cuál es la decisión correcta a tomar.
O por ejemplo, que uno sabe que de pronto el amigo ya no quiera ser su amigo, que uno pueda perder una amistad. Eso es muy, muy grave. Es muy difícil. Pero ¿qué pasa si no hago nada? Pues no cambia nada, y yo me vuelvo cómplice, porque yo, al no decir nada, lo estoy aceptando. Estoy comunicando el mensaje de que no hay consecuencias, y de que yo estoy de su lado, de que yo los apoyo, porque el silencio también es apoyar.
¿Qué decisión voy a tomar? ¿Qué tipo de persona elijo ser? ¿Elijo ser parte del problema y guardar silencio, o elijo vivir con valor?
Será difícil, y especialmente al principio. Al principio, si uno no está acostumbrado a alzar la voz, por lo menos eso me pasó a mí, cuando finalmente empecé a decirle a mis colegas, hey, no, eso está mal, ese chiste no es gracioso, eso no se dice, eso no se hace.
Claro, quedé yo como la aburrida, quedé yo como la exagerada, la dramática, y también, debo admitirlo, muchas veces lo hice de mala manera, porque nunca lo había hecho antes, no sabía cómo hacerlo. Cuando de pronto no ameritaba que me enojara y dijera algo frente a todo el grupo, le pude haber dicho a la persona después, en privado, hey, mira, esto me molestó, me parece que no está bien. Uno va a cometer errores, pero así aprende, así se empieza, hay que empezar por algo.
Y ya el tercer escenario es el más complicado de todos. Es cuando puede existir un peligro real hacia cualquier persona que intente intervenir, por ejemplo, en un caso de violencia, en un caso de abuso doméstico. No tienes obligación de arriesgar tu vida o tu seguridad, y eso no es cobardía. Hay que elegir las batallas, hay que saber cuándo involucrarse y cuándo no. Pero si calculo que mi riesgo personal al intervenir es demasiado alto, y que al intervenir realmente tampoco lograría nada, simplemente pondría en riesgo mi propia vida, pues tampoco tengo que no hacer nada. Puedo alejarme, pero puedo llamar a la policía.
No tengo simplemente que lavarme las manos, porque uno nunca puede lavarse las manos. Todo es con uno, todo está conectado. Si uno puede hacer algo, así sea algo poquito, tiene que hacerlo. Porque si no hago nada, ya estoy haciendo algo, ya estoy tomando un partido, un bando. Porque cada persona es responsable de sus propios actos y sus propias decisiones.
¿Qué decisiones estás tomando? ¿Son decisiones de valor o decisiones de cobardía? ¿Quién eliges ser y cómo eliges vivir? Te mando fuerzas. Te estoy pensando en este momento, aunque no te conozca. Te aprecio mucho y espero con todo mi corazón que puedas elegir vivir con valor.
Gracias por escuchar mis historias. Ahora ve a vivir las tuyas.